miércoles, febrero 23, 2011

Mi portero

En los últimos seis meses nadie me llamó la atención. Sólo él. Olvidé tomarle una fotografía, incluso preguntar su nombre. Pero todos los días lo veía ahí, puntual, en la entrada de la universidad. ¿De quién hablo? De un señor grande, de mirada cansada; a veces perdida. Solía usar la misma ropa, y en tiempos de frío, un suéter rojo.

Inusual por vender dulces cuando todos vendían soda. Inusual su silencio cuando todos peleaban por comprador. Tantas historias le inventé que hasta me adueñé de una. Su vida no podría ser otra.
           Nuestra relación no pasó de compra venta. Una o dos ocasiones. En realidad no me gustaban los dulces, pero quería escuchar su voz.

Y de repente desapareció. Sin decir más. Pasaron casi dos meses; ya me había resignado a no verlo jamás. ¡Hasta empecé a extrañar los dulces que no me gustaban! Y un día, el último día que pisé la universidad, lo volví a ver. No en el lugar de costumbre, lo cual incrementó mi sorpresa. Y le dirigí una última mirada, creyendo que volvería otro día, sin saber que ésa sería la última vez que lo vería...

Tuvo mi atención durante seis meses, y sin embargo nunca recibió un “hola” o un “adiós”.

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