El profesor Cuauhtémoc Pérez Gerardo rezaba constantemente: di no el estreñimiento cerebral. Hablaba de autores, libros y citas que yo no conocía. La biblioteca de la preparatoria la visitaba sólo para leer el periódico o hacer tareas, pero recordé que años atrás la misma secundaria me quitó el interés por leer al mantener la biblioteca siempre cerrada. Por eso un día decidí sacar un libro, al azar. Se llamaba Ensayo sobre la ceguera, del autor José Saramago.
El hábito de la lectura por placer lo perdí durante años, por lo que creía difícil terminar un libro no relacionado con la escuela. No fue así.
Han pasado siete años desde eso, por lo que no recuerdo las palabras exactas, pero el primer párrafo hablaba sobre un semáforo que cambió de luz ámbar a roja, luego de roja a verde; pero un automóvil, por alguna razón, no avanzaba.
Está de más contarles la historia. Quizás el título no diga mucho o no conozcan los trabajos de Saramago, pero el libro me cautivó por una razón; era una historia cruel. Realista. Nada de amigos imaginarios, finales felices o superación personal. Los personajes se ven envueltos en circunstancias que nunca imaginaron. Y cada quien las sobrelleva de distinta manera.
Lucha de poderes, parece ser el tema principal. Quienes nunca han tenido poder y se les presenta la oportunidad, lo toman sin chistar. Quienes saben que el poder de las palabras es superior al físico, construyen estrategias. Quienes no poseen liderazgo, siguen; se van con el mejor postor.
Ensayo sobre la ceguera, un libro de 439 páginas. Párrafo a párrafo, capítulo a capítulo, seguí la historia de toda una comunidad aislada por una extraña ceguera blanca. Todos menos ella; la mujer, la esposa del doctor, la estratega.
Se convirtió en una especie de traductor entre los ciegos malos y los buenos. Se las ingenió para salir del caos y ayudar a sus amigos.
La historia la tomo ahora como metáfora de una sociedad cegada por los intereses personales, la locura y la ley del más fuerte.
Suele recordarse el primer beso, el primer amor, incluso el primer mejor amigo. Yo, por mi parte, recuerdo con añoranza aquel primer libro. Al primer autor que me cautivó y me incitó a seguir leyendo hasta el día de hoy. Gracias, José Saramago.
